Un poeta en Colliure

Me lo prometí hace muchos años, y espero que no sea una de esas cosas que dejo sin cumplir. Un día saldré de España por Portbou, cruzaré los Pirineos y descansaré en un pequeño pueblo francés donde reposan los restos de Antonio Machado, un poeta, un filósofo, un político, un maestro.

Machado fue una de las luces de aquél país que se descompuso en mil pedazos y que le cerró las puertas para siempre. En el 75 aniversario de su muerte, toca revivir los días en los que un libro de Espasa-Calpe descansaba siempre junto a mi cama; un libro al que el paso del tiempo y el peso de unas manos, fueron ajando, cicatrizando su portada, retorciendo sus páginas, desencuadernado su contenido a fuerza de ser leído, de ser memorizado, revisado. Ese libro era el mejor vaso de agua con el que humedecer los labios una noche en vela, o en las horas previas al sueño.

En ese libro se podía ver el polvo sobre los hombros de un viejo y sucio abrigo, con el que el poeta cubría su cansado cuerpo. En ese libro se podían ver los surcos dejados por unos vasos sobre la mesa de mármol de un café cualquiera, en Madrid, en Soria, en Baeza, y que eran restregados por las mangas de la chaqueta de don Antonio. Un viejo sombrero, un rostro cansado, y siempre ligero de equipaje.

La maleta con escasas pertenencias, pero la cabeza llena de versos, de enseñanzas, de compromisos, de amores no satisfechos… Así se fue marchando de Madrid a Valencia, de Valencia a Portbou. Con una madre derrotada, con el compromiso firme, pero decepcionado hasta el máximo por el género humano. Quien decía ser en el buen sentido de la palabra, bueno, topó de bruces con la intolerancia de un fanatismo vestido de militar y con unos labios sangrantes por la venganza.

Don Antonio, ante todo republicano, en el sentido amplio de la expresión, se llevó sus recuerdos, sus soliloquios, sus metas, camino del exilio, y a cada paso que daba, alejándose de su sueño tricolor, la vida se le escapaba por caminos, fríos, veredas, huidas, carromatos y muertes que veían en las cunetas y los bosques. Su nombre, su enorme nombre se confundió con el de la masa de la España derrotada incluso antes de empezar. Paso a paso, llevó su derrota, como la de todos sus compatriotas con la mirada perdida consciente de que el fin de su España sería el suyo propio.

Pocas horas después de cruzar la frontera, otro suelo republicano lo acogía con algún desdén. Allí se quedó. De una República a otra; de un sueño asesinado al lecho donde fallecería a manos de la barbarie del fascismo. En Francia se nos quedó. Como cantó Serrat, “le cubre el polvo de un país vecino”, porque en el suyo, en su país no hemos sido capaces de darle sepultura en la España libre por la que luchó y escribió. Una de las dos Españas le heló el corazón. La otra le sigue mirando de lejos.

Algún día, espero, llegaré a Colluire y le pediré perdón, antes de parar en Montauban.

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