Lampedusa debe morir

Llevamos mucho tiempo asumiendo que el pasado es la única opción de futuro. Esta política vintage se ha asentado en el sistema conduciéndolo a su autodestrucción de manera inexorable ante el regocijo de sus benefectores, y el espanto de quienes se han cansado de optar por el mar menor como vía de escape. La ciudadanía tiene el derecho de elegir un bien necesario, tiene la obligación de detectar lo mejor y apostar por ello. El relevo generacional no es sólo una cuestión de edad, es también una actitud rebelde, radical incluso, ante lo inútil o innecesario de lo viejo (en el peor sentido de la expresión). Se puede ser joven y atesorar los mismos valores destructivos que nos han conducido a la actual situación.

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Decía Edu Madina en una entrevista en la Cadena SER que conoce a gente muy joven con 80 años y al contrario. La juventud es ruptura y esa ruptura tiene que ser algo más que una mera declaración de intenciones. Ya no queda más opción que hacer hechos de las palabras, convertir en carne la coherencia y hacerla visible habitando entre nosotros. Lampedusa debe morir. Nada puede ser igual, ni si quiera los procesos de cambio. Todo tiene que cambiar, y ha de hacerlo de manera tan clara que hasta el cambio debe ser diferente, si se quiere ser creíble.

La ciudadanía está cansada de frases de manual, argumentarios vacíos, retórica engolada, dialéctica de salón… La ciudadanía está harta de que nos refiramos a ella en tercera persona del singular. La ciudadanía soy yo yo y eres tú. Y yo también estoy cansado de mensajes oscuros, de conceptos vacíos, de trucos que ya ni se esconden. La ciudadanía no quiere ventanas abiertas, sino ser ella (nosotros) quienes las abran; la ciudadanía (nosotros) no quiere transparencia, exige transparencia; la ciudadanía (nosotros), ya no queremos que nos pidan perdón, sino honestidad.

Ha llegado la hora de los valientes, y los valientes no son aquellos que optan por un cambio para que nada cambie. Una persona valiente quiere un cambio real en la manera de enfrentarse al día a día, incluso asumiendo que la transformación, unida siempre a un cambio, se lo pueda llevar por delante, porque no hablamos de salvaguardar un ecosistema, sino de generar un nuevo modelos, más inclusivo, más justo, más determinante, más participado, más coherente, más de todos y de todas. Y ese París, bien vale una misa.

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