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Una noche cualquiera

En la anchura galáctica de mi cama
los rebaños de estrellas abrevan en mi insomnio.
Comparten sus sueños blancos
en los márgenes anchos de mis pesadillas
repetidas cada noche en un bucle fílmico.

Las horas aferradas a un reloj que no anda
dibujan sombras en todas las arrugas de mis sábanas,
sombras que huelen tan familiar,
sombras que parecen letras,
letras que son cuervos,
cuervos que vuelan bajo
y se estrellan con con mis ojos abiertos.

El camión de la basura ronda mi ventana
abierta en un otoño que no nace.
Mastica mis recuerdos con la boca abierta
y asusta a un niño que se hizo viejo
antes de aprender a andar.

Del techo de mi cuarto caen canciones de cuna
fabricadas por un saturno hambriento
como gotas de sangre negra que riega
cunetas abiertas a la memoria que no llega.

En el espejo me veo dormido,
me veo desnudo, me veo acariciado por la noche.
En el espejo huyo y todo queda cosido
al día que nunca debió suceder.
La última estrella escala por el cielo de mi boca
atravesada por un rayo de sol
anunciado por un pájaro que grita su vuelta a la vida.

Todo quedó atrapado en el espejo.
Todo menos yo.

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Nocturno granadino

Un gato hace equilibrio

en la vigilia de tus sueños

mientras grita a la luna

que esta ciudad se calla por derribo.

Las puertas se cierran.

Alguien ha escondido la llave

bajo las aguas de este río sin corriente.

La torre de la Vela gime en su campana

y acalla suspiros jadeantes

de amantes que dan todo

temerosos de un futuro que no llegue.

El futuro es eso que ya se fue.

El amanecer es una amenaza

y la luna llena un paraguas

tras el que se esconden besos

prohibidos que sólo salen en canciones.

Por la calle San Jerónimo tropiezan

silencios y sombras y bolsas de basura

llenas de recuerdos y vidas que fueron

y que los gatos se llevan en sus bocas.

Sobre dioses inexistentes

Devorar la vida buscando dioses

jactándose de su inexistencia.

Cada palabra que resbala del lápiz

recrea universos retorcidos

a la caza de la última risa,

aquélla que trazó un arco iris

con el que se colgó el cartel de cerrado

justo donde la herida duele más,

justo donde la no existencia anidó

abandonando ramas, hojas y plegarias

desoídas una tarde cualquiera.

 

 

Relojes de luna

El reloj de sol quedó varado
a las doce en punto de la noche
en el rompeolas turbio de una resaca.
A esa hora los guijarros huyen
del frío madrugador y de las botellas
lanzadas desde la carretera con deseos
y promesas rotas o por reconstruir.

A esa hora, la luna de agosto
acapara el cielo de tu boca
descolgando enanos locos
que pronuncian tu nombre
como un mantra estival e hipnótico
haciendo en tus dientes un grafiti
de sueños y sal y pleamar.

El reloj de sol espera
en la dársena del día que nace
para iniciar la cuenta atrás
hacia una nueva noche de luna llena
piedras heladas y camas vacías.

Te beso en todas las bocas

Te beso en la boca
y a través de tu boca
beso las bocas que siempre fueron una y tuya y mía
y de todas las mujeres
que llevaron tu nombre
hasta el día de hoy,
cuando tus huesos encajaron en mis huesos
sobre el lecho de hojas secas
y lágrimas que dejamos atrás
derrotados hasta la victoria final

Julio

Qué hace aquí el mes de julio.
Cuándo llegó.
Si ayer era abril
y yo no sabía que lo perdería todo.
Si ayer era abril y apenas llovía.
Cuándo decidió julio acabar
con el resto del tiempo.
Cuándo tomó la decisión de pasar
por encima de mis ruinas,
de despertarme.
Qué hace aquí julio
que ha venido sin ella.