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Se nos olvidó la lucha

Pensamos que el mundo ya estaba hecho,

que la lucha sólo era un recuerdo,

que los derechos pagados con siglos y sangre

enraizaron en la misma corteza de la tierra,

imperecederos como la mala hierba.

Pensamos que la tarea había terminado,

consagramos como héroes a quienes

hicieron lo que les correspondía

y nosotros ya no hacemos o hemos olvidado.

Perdimos los sueños en hipotecas a 30 años,

perdimos la ilusión con la tarjeta de crédito.

Nos contaron un cuento sin final feliz

y aplaudimos nuestra desgracia borrachos

de burguesía y falsa pompa.

La dignidad se fue con la primera venta a plazos

y olvidamos el sabor del sudor del trabajo.

Quisimos ser como ellos

cuando ellos jamás nos consideraron iguales,

para ellos siempre fuimos suyos.

Bebimos el agua de un oasis maldito

sin ver que los trabajadores seguimos sedientos

en el desierto de la opresión y la violencia oficial.

Llegamos a un mundo donde nos dijeron

“todo está hecho,  las luchas han pasado,

todos somos iguales”.

Un mundo sin ricos ni pobres,

un mundo sin izquierdas ni derechas.

Nos emborracharon con la absenta de la clase media.

Llegamos a un mundo donde nos alquilaron

ciertas dosis de felicidad nunca nuestra,

mientras los pobres seguimos siendo pobres

amnésicos y desagradecidos con quienes

sembraron trabajo, sangre, sudor

en la tierra que nunca fue nuestra,

en la tierra que siempre ha sido de ellos,

del otro, de quien domina, exprime, manda, aplasta.

Llegamos a un mundo donde llorar estaba prohibido

-para qué hacerlo si podemos comprar todo-.

Pero sólo compramos nuestra propia esclavitud,

la de siempre, la que nunca nos abandonó,

la esclavitud que un policía exhibe

cuando gritamos e introduce su bota en nuestra boca.

Y nos callan, nos humillan, nos roban,

nos recuerdan que el mundo es suyo

y que nuestro paso es sólo un préstamo a un alto interés.

 

Un poeta en Colliure

Me lo prometí hace muchos años, y espero que no sea una de esas cosas que dejo sin cumplir. Un día saldré de España por Portbou, cruzaré los Pirineos y descansaré en un pequeño pueblo francés donde reposan los restos de Antonio Machado, un poeta, un filósofo, un político, un maestro.

Machado fue una de las luces de aquél país que se descompuso en mil pedazos y que le cerró las puertas para siempre. En el 75 aniversario de su muerte, toca revivir los días en los que un libro de Espasa-Calpe descansaba siempre junto a mi cama; un libro al que el paso del tiempo y el peso de unas manos, fueron ajando, cicatrizando su portada, retorciendo sus páginas, desencuadernado su contenido a fuerza de ser leído, de ser memorizado, revisado. Ese libro era el mejor vaso de agua con el que humedecer los labios una noche en vela, o en las horas previas al sueño. Sigue leyendo